Ellos seguían ahí

Está amaneciendo, los estoy viendo desde la ventana de mi departamento mientras tomo mi taza de café, aún están ahí después de tantos años.
Éramos unos niños jugando en el parque durante un jueves al atardecer, habíamos agotado todas nuestras maneras de divertirnos, cuando alguien sugirió “los encantados”.
Corrimos. Entre risas y escapes, pasó, los 5 jugadores habían sido encantados, siendo yo el ganador.
Di algunos saltos en señal de victoria y decidí ir a la tienda a comprar unas galletas con
chocolate para celebrar, me di cuenta que estaba caminando solo.
—El juego acabó —les dije.
Ellos seguían quietos, querían que yo los desencantara.
Pensé que sería divertido dejarlos así para ver cuánto tiempo podrían pasar en esas
posturas. Me dediqué sólo a disfrutar mis galletas.
Ya estaba oscureciendo, entré a casa. Tal vez con la caída de la noche, se moverían para
entrar a sus hogares.
Mi sorpresa fue que, al siguiente día, cuando salí para ir a la escuela, ellos seguían ahí.
—Amigos, el juego acabó —me acerqué para reiterar. Pero ellos no movían ni un músculo.
Regresé de la escuela para darme cuenta que los vecinos se acercaban con curiosidad.
Era un día caluroso, los vecinos hidrataron con un trapo mojado los labios de mis amigos.
La gente comenzó a experimentar sentimientos por ellos, los alimentaban y los cambiaban con ropa limpia.
Comencé a pensar que yo tenía algún tipo de poder especial, algo sobrenatural que hiciera que las personas dejaran de moverse cuando yo los tocara y que sólo yo pudiera hacer que volvieran a la normalidad.

Me acerqué a mi madre por la espalda, —¡encantada! —le dije. Ella, al principio, no
comprendió, pero un segundo después se dio cuenta que yo estaba jugando, rápidamente hizo una pose graciosa.
La vi con atención un rato, noté cómo su cuerpo temblaba y sus ojos volteaban a verme. —Desencántame —me susurró —me estoy cansando—.
Lo intenté con mi padre, con mi hermana menor y con mi gato. Todos terminaban
moviéndose.
Cada vez más gente se acercaba a mis amigos. Los cuidaban, los aseaban e incluso les
daban masajes para que sus músculos inmóviles no se tensaran.
Pasaron los meses, yo había terminado la primaria, y por alguna razón, mis amigos también.
Aunque ellos estuvieran estacionarios, sus tareas siempre llegaban a los profesores, cada una, con diferente caligrafía.
Mis amigos se habían convertido en un fenómeno. “¡Insólito! Llevan 15 años sin moverse”, “sobreviviendo en una sola posición” y otros títulos parecidos salían en las revistas y periódicos.
Salí de mi departamento, pasé por el parque, los vi; éramos de la misma edad, aunque, a sus lados, yo seguía pareciendo un niño.
Tal vez ya era tiempo de desencantarlos.
—¡Desencantados! —grité.
Brazos estirándose, suspiros ahogados y piernas extendiéndose, eso era lo que esperaba ver; sin embargo, no ocurrió nada.
No voy a ocultar que me recorrió un escalofrío, pasé mi dedo por sus fosas nasales, sí
estaban respirando.
Los vi con misterio, sus cuerpos habían ganado volumen, su ropa donada por los vecinos
estaba gastada. Un minuto después, una mujer arribó para darles desayuno en sus bocas.
Negué con mi cabeza y asumí todo.
Me fui, tenía que llegar a trabajar, mi negocio no se mantendría solo.

Por Genessys Berrelleza.

Genessys Berrelleza

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